Cine vs. televisión: la historia de la rivalidad entre pantallas

La guerra entre los titanes del entretenimiento es una disputa que lleva casi 100 años. En la actualidad, donde las plataformas de streaming y la comodidad del hogar se encuentran al borde de dar el knockout a las salas de exhibición, el formato doméstico goza de un amplio margen de delantera, pero, no siempre fue así. 

La llegada del cine -en 1895- marcó un paradigma en una sociedad acostumbrada a las artes escénicas, una sociedad que no estaba preparada para ese nivel imposible de tecnología que carecía del convivio teatral. Con el pasar del tiempo, su innovación ganó fama, por lo que pasó de ser un objeto personal a popular. Las personas quedaban fascinadas con las cintas que se proyectaban, incluso algunas no eran capaces de creer que aquello que estaba pasando delante de sus ojos, no se encontrara realmente dentro del lugar. El mejor ejemplo de esto, es “La Llegada del Tren” de los hermanos Lumière, un corto que presentaba un móvil entrando en la estación; acto que generó terror entre los presentes, que esperaban ser atropellados por el ferrocarril que se les venía encima. 

Hasta que llegó la televisión. Como todo producto de éxito, el medio por el que se exponía el séptimo arte mutó en algo nuevo, gracias a una persona que tomó la idea que se presentaba: John Logie Baird. Él le agregó eso que le faltaba y lo lanzó en el mercado en 1926. El televisor comercial, desde su inicio, se convirtió en la competencia directa del cine. Éste, por su parte, buscaba diferenciarse a toda costa de su nuevo adversario.

Siempre se trató de una carrera, por quien superaba al otro. En un comienzo, la gran pantalla agregó color a su imagen, para diferenciarse del aparato doméstico, cuyo tono era únicamente blanco y negro. Pero cuando la TV consiguió imitar su paleta de colores, la industria cinematográfica necesitó encontrar otro camino para marcar su contraste superior. De esta manera, cambió su forma similar a la de un cuadrado (4:3) por un tamaño rectangular (16:9). Esto significó una gran diferencia para los largometrajes, que ahora poseían un paisaje mayor para desplegar su producción -cabe destacar que el diseño de escenografía se encontraba en auge por el equipo de arte, que cada año superaba su trabajo-.

A su vez, también afectó el mundo del televisor. Puesto que, para que pudiesen transmitir las películas, debían cortar los planos, demasiados anchos para el aparato. Debido a ello, el público optó por priorizar las salas donde podían vivir la experiencia completa y panorámica.

Pero el objeto estrella no iba a quedarse atrás, por lo que crearon las famosas pantallas de plasma, que luego se vieron reflejadas en la computadora, con el ancho y alto necesario para disfrutar de las películas. Como si no fuese suficiente, empresas aliadas invirtieron dinero en realizar equipos de estéreo, que permitieran escuchar el film como si las habitaciones de las casas fuesen un teatro. El cine no solo se volvía a encontrar a la misma altura que la televisión, sino que corría peligro de ser superado.

Y así fueron avanzando. La llegada de la calidad digital, el 3D, las computadoras, los videojuegos y Netflix son detalles y obstáculos en el camino. La gran pantalla siempre fue el impulsor de quienes lo imitan, pero hoy en día, la distancia que lo separa de la comodidad del espejo negro del hogar se ha vuelto un abismo que no se sabe si logrará cruzar.

Aunque aún no se anunció su fin y, al igual que sucedió con sus innovadores inventos años atrás, aún puede sorprender con una nueva experiencia que podría invertir el resultado final. ¿Quién llegará a la meta?

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