Crítica de “Soul”: la película más compleja y adulta de Pixar

En este nuevo y emocionante lanzamiento se presenta el primer protagonista negro de Pixar en Joe Gardner (Jamie Foxx), un profesor de música de secundaria inconforme con su vida, que anhela ser una estrella del jazz. Hasta que un accidente lo transporta a un universo donde se dirige hacia su muerte, pero se desvía del camino con el deseo de volver a la tierra. Sin embargo, en su viaje, descubre mucho más acerca de lo que significa tener alma.

Es entonces cuando el público se sumerge en la historia más ambiciosa de Pixar. Por un lado, Joe desea desesperadamente recuperar su cuerpo para continuar con su sueño de ser un exitoso músico. Porque, una vez que está a punto de conseguirlo, su vida se corta. Él quiere volver a toda costa, mientras que su compañera de viaje 22 (un alma malcriada “por nacer” –Tina Fey– que puede acceder a su imperioso deseo), por el contrario, no desea lo mismo, porque no le ve el sentido a vivir. Es interesante apreciar el choque de personalidades y cómo uno aprende del otro. Probablemente dirán que también se podría haber hecho un enfoque más desarrollado en la relación con sus compañeros de trabajo o familiares, pero la misma película te da a entender que es algo que él dejaba pasar (por ejemplo, cuando el peluquero revela que jamás pudo mantener una conversación personal con el papel de Foxx, debido a que solo hablaban de su pasión por el jazz). Mientras tanto, el relato transcurre en su propia versión del limbo: un adorable universo donde las almas transitan de un estado a otro. E incluso pueden quedarse estancadas, en una perturbadora imagen que representa la pérdida del rumbo, ante una obsesión que no les permitió apreciar el resto de la vida (temática que será crucial para el desarrollo del film).

Como ya se puede notar, este largometraje se diferencia del resto de la filmografía de la empresa. Es más adulta y compleja, no busca vender merchandising ni que cantes sus temas, sino que se centra en generar una profunda reflexión. Si de aspectos técnicos hablamos, es magnífica. Fiel al espíritu del jazz, la producción se siente improvisada y suelta, se deja llevar. En cada nuevo estreno, a Pixar se le exige superar una vara imposible, que siempre logra cruzar para alcanzar un nivel sublime. Desde los colores hasta las texturas, la historia se mezcla con el exquisito ritmo de la música (que nace de las manos de los miembros de la banda sonora: Trent Reznor, Jon Batiste y Atticus Ross) para llevar al espectador por un viaje que permite respirar en cada detalle el ambiente de Astoria (barrio de Queens en Nueva York, Estados Unidos). Además, su aspecto sonoro se traslada de forma maestra a un entorno visual. Así, los realizadores juegan con la iluminación, las formas y las paletas de colores para representar escenarios que van más allá de lo tangible, son una visión del contacto con el alma. Y así como el punto en el que el personaje se encuentra con su pasión es rico y vistoso, el escenario del subte (un terreno que se caracteriza por ser un espacio impersonal de transición y desconexión con aspectos significativos) es oscuro y frío. Una imagen impecable. Me gustaría destacar el momento en particular cuando le cortan el pelo en un ambiente idealmente caracterizado, en el que, al final, se percibe esa vibra de “Toy Story 2” (cuando le arreglan el brazo a Woody), y la escena en la que Joe tiene una conversación madura y atrapante con su madre (Phylicia Rashad), toma que se transforma para pasar a un cara a cara natural, sin ser un cambio abrupto.

En esta obra, nos volvemos a encontrar con la fórmula que Pixar mantuvo en los últimos años. Nuevamente, presentó un título único (con un relato que no necesita ni aspira a tener una secuela), cuyo objetivo es dejar un mensaje. Se permite ser para todo público y, a la vez, tocar temas maduros: en este caso, la muerte y el significado de la vida. De la misma forma lo vimos en “Up” y “Coco”. Es usual que las personas cometan el error de vincular automáticamente la animación con el contenido infantil, aún más si hablamos de una empresa que se destaca por sus cintas destinadas a aquel público. Pero no se confundan, esta historia es una enseñanza tanto para grandes y chicos. Incluso, es probable que un mayor demuestre más sensibilidad ante el relato, por la experiencia vivida; mientras que a los pequeños les deja una importante lección a tener en cuenta, siempre. Sin embargo, hubo un detalle sobre esto que me hace cuestionar su correcta utilización. Si todavía no la viste, te invitamos a disfrutar de “Soul” antes de continuar con la crítica, disponible en Disney +.

A lo largo de la película, vemos cómo estas temáticas se exponen de la forma más amena posible, para no generar un choque que se podría contradecir con la imagen del estudio animado. Mas, debajo del chiste aliviador y la belleza de su presentación, continúa siendo un largometraje sumamente maduro. Hasta que llega su conclusión, y se decide tomar otro camino. Por supuesto, no es algo que podamos cuestionar mucho tampoco, puesto que sigue siendo Pixar de lo que hablamos. Pero, si el camino va a ser de una forma, que el final también lo sea. Sí, hablo de que Joe no muere. Podríamos justificarlo bajo el argumento de que no se despidió de sus allegados, pero, ¿no es acaso eso parte del ciclo también? No todos gozan de esa suerte. Él había aceptado su destino, con su reflexión personal hecha, la lección aprendida y conforme con el valor de su vida. El personaje llegaba al final de su camino, con los ojos cerrados, una sonrisa en el rostro y los brazos abiertos. Hasta que lo interrumpen. Incluso al leerlo suena mal. Si invitas al público a analizar su propia historia y tomar un nuevo camino a partir de la reflexión, es porque justamente a los mortales fuera de la pantalla no se les concede una segunda oportunidad (llegados a ese punto). No es una decisión objetivamente incorrecta, pero desconecta al espectador y hace desear que la empresa se arriesgue como lo hizo en el resto de la película.

Lo que nos lleva a lo más importante del film: el mensaje a transmitir. A partir del segundo acto, el director Pete Docter (“Monsters Inc.”, “Up” e “Inside Out”) proyecta una constante reflexión que deriva en un emocionante punto culmine del film. Nuestro protagonista logra su objetivo, eso que tanto quiso durante toda su historia. Pero no se siente satisfecho, porque lo relevante no es el final, sino el camino. Y se transforma, cuando se da cuenta de que la vida no es ese propósito a alcanzar. Que lo importante estuvo siempre ahí, en las pequeñas cosas: mirar el cielo, disfrutar de la comida, ver a tu familia, apreciar la pasión de alguien más, escuchar música, sentir la brisa. En lugar de perseguir un sueño para siempre, “Soul” nos recuerda que el propósito también puede ser reducir la velocidad y disfrutar de las cosas simples que la vida tiene para ofrecer.

Si seguimos con esta idea, notamos que el personaje principal es la representación perfecta de un modelo actual de persona que ya se naturalizó. Desde un comienzo, se destaca su soledad y egoísmo. La necesidad imperiosa de estar apurado y perseguir un punto fijo que no le permite observar a un costado (siquiera al momento de cruzar la calle). Es el modelo del transporte público de la posmodernidad, diría yo. Mismo que, de hecho, se puede apreciar en la escena del subte, donde todos están inmersos en su mundo sin poder disfrutar de su alrededor, como si fuesen parte de un sistema y los artistas independientes la excepción a la regla. Por eso, una vez que toca fondo y se permite un minuto para analizar su camino recorrido, se da cuenta de que estar vivo significa mucho más que ser un propósito.

Como reflexión personal, considero que este título llegó en el momento adecuado. Absolutamente nadie en el mundo puede presumir del 2020. Fue un año difícil, en donde millones de personas debieron enfrentarse a la ansiedad de adaptarse a una nueva realidad. Por ello, muchos postergaron proyectos. El dilema es que, al analizarlo, se puede percibir la triste verdad: muchos postergaron la vida. Meses de encierro, planes cancelados, el distanciamiento social, el miedo y la incertidumbre generó que un gran porcentaje de la población haya quedado (quizás inconscientemente) en un estado de espera. Porque, según ellos, la vida es eso que va a seguir cuando esto se termine. Y no, la vida siguió. Probablemente no hayas podido concretar esa idea que tanto deseabas, ni ese plan que tanto esperabas. Hubo interminables noches de llanto, pero también de risas. Es momento de valorar los detalles, el día a día, el hecho de estar vivo. Como bien dijo Dorothea: “Hay que dejar de buscar el océano, cuando ya estás en el agua”.

Entonces, ¿qué vas a hacer ahora?

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